14 febrero 2013

Una picaraza

He visto como una picaraza sacaba lombrices con su pico sin parar. La tierra había recibido una ducha de la tormenta anterior y tenía sus hierbas puestas a remojo para que el aire las peinara. Un gorrión yacía en el suelo a la espera de un ejército de hormigas que iban a hacer de cortejo fúnebre. Pero volvamos a la picaraza o urraca. Ella no sabe que la llamamos así y está libre de palabras por lo que vive la realidad tal cual es, sin describirla, así disfruta a tope cuando disfruta y el sufrimiento pasa cuando pasa. No digo que sean malas las palabras, sino que no se usen para dramatizar la realidad. El gorrión ha muerto y ya está, sin aspavientos ni herencias por las que disputar, quizá un par de vuelos como recuerdo y nada más, morir sin nada, solo con tus alas, es una muerte plena, sin nada a medias en el cerebro, aceptación pura de la realidad. Tampoco los cuervos analizan si cantan peor que los jilgueros. ¿Qué cómo lo sé? He observado muchas veces que se atreven a graznar orgullosos aunque haya ruiseñores o jilgueros a su lado entonando todo un concierto que jamás se ha escuchado en Viena.
Me gustan las palabras con uve como Viena pero sobre todo las esdrújulas, de entre ellas, una de mis preferidas: lapislázuli. Suena fenomenal. Lapislázuli. Dilo en alto, ya verás. No son malas las palabras, solo que si convertimos un mal resultado en una fatalidad, la vejez en algo que esconder, un contratiempo en un atentado contra mi derecho a disfrutar… entonces más nos valdría ser como la picaraza, que desarrolla sus cualidades y sus vuelos sin preguntarse si está bien o está mal.

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