03 octubre 2014

Historia inacabada a las cuatro y diez

Vale, ya me he sentado en el Café Iruña con un boli, una libreta y empiezo a escribir pero no me da tiempo a poner las comas o puntos y comas porque viene un chico con corbata a interrumpir lo que quiera que sea esto que estoy haciendo.
Ya está, era para escuchar el mensaje de Dios más de cerca y si quería ir a unas charlas en las que se explica… mientras el chaval me hablaba he de decir que apareció por las elegantes puertas del Café… Ginebra. Claro que no se llamará Ginebra pero me parece tan novelesco que la llamaré así. Con esas curvas, ese mirarme de reojo y hace así con el pelo de un manotazo, que va, manotazo no, una sutil sacudida que deja su cuello pecoso al aire encendiendo mis hormonas o lo que sea que llevamos dentro y nos hace o empezar una guerra o algo peor como un casamiento. Ginebra también es una bebida pero no es cuestión de brindar con ginebra de par de mañana. Así pues, le digo al chaval de corbata que me parece muy interesante y que me deje un folleto. Se pone contento y se va como un misionero urbano con su Dios a otra parte. Resulta que Ginebra ha entrado por la puerta donde salen (y entran y vuelven a salir) los camareros. Así que, ya que estoy descentrado como para escribir una historia con puntos, comas y puntos y comas, y puntos y comas (me acabo de repetir, luego en el ordenador lo corrijo o tal vez no) Por donde iba. Ah, sí, que veo salir a Ginebra vestida de camarera, me levanto con brío (hace mucho que no uso la palabra brío) y… en este momento dejo de escribir, que sino no me levanto.
Al pasar estas desordenadas palabras al ordenador tal cual estaban escritas he recordado que tengo que tengo que ir al Café Iruña a las cuatro y diez (como la canción de Aute) a terminar la historia mientras pido una Ginebra.
 

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