19 enero 2016

Graznidos

Un grupo de cuervos me observan apostados en un cable eléctrico. Estoy sentado en un banco que sufre los achaques de la edad. Tiene un color verde raído que le da un aspecto enfermizo, dos de sus patas están artríticas y sufre un claro abandono. Pese a que lo han apartado de los más elegantes, él sigue cumpliendo su función. “Hasta que no me quede una pata que me sostenga” creo haberle oído.
Me llega una pelota que se le ha escapado a un niño y, cuando iba a hacer una acrobacia con el balón demostrando mi habilidad, me llama “señor” ¡Pero bueno! Si apenas paso la cuarentena. Bueno, mejor dicho, los cuarenta, que cuarentena suena a que me han apartado con el banco raquítico para que nadie se contagie de vete a saber qué.
Saco mi libreta y empiezo a escribir estas escenas. Me interrumpe una mujer.
-¿Me puedo sentar un rato? –me suelta con una vocecilla helada como el tiempo.
-Claro que sí, hay sitio para dos.
-¿Estabas escribiendo? –se interesa mientras observo que lleva una minifalda que estará en busca y captura por el verano.
-¿No tienes frío? – le señalo su vestimenta.
-Si, pero espero que puedas remediarlo tú. Tan solo treinta euros.
Pese a la decepción de no encontrar cliente acepta un paseo hasta donde se ensancha la ciudad y se estrechan las penas. Salgo ganando una conversación de realidades sociales varias que deberían contarse en las escuelas.
A la vuelta paso de nuevo por el parque donde estaban los cuervos y no veo ninguno. Recuerdo que el cuervo que aparece en el poema de Allan Poe dijo: “nunca más” El viejo banco ahora lo percibo con una expresión de satisfacción por ser útil hasta que se le caiga la última pata. La niebla cubre las farolas y la ciudad es un teatro en busca de la próxima escena.
De pronto… un graznido.

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