13 abril 2016

Un día cualquiera

Cuando te despiertas y miras el reloj y todavía son las cinco de la mañana, así que puedes dormir unas horas más y te das media vuelta acurrucándote y sonríes sin más. Después te despiertas y llaman al teléfono pero estás tan dormido que no sabes si es un sueño y va y coges y sabes que se te nota la voz de sueño y te esfuerzas porque no se note y no te enteras de casi nada. Después te duchas y no  sabes si hacer como Kevin Spacey en American Beauty haciendo el amor contigo mismo o terminar con agua fría que dicen que es bueno para la circulación… y hablando de la circulación; qué me dicen de ese momento que hay poco sitio para aparcar y hay que hacer muchas maniobras cuando, de pronto, aparece un señor mayor como si hubiera estado toda la madrugada ahí esperando, que empieza a hacerte señales para que aparques y algunos viandantes te miran de reojo y cada vez te sale peor y el hombre insiste agitando sus brazos: “gira ya, gira ya” y tú le mandarías a él y sus giros al carajo. Y luego paseas por la calle Estafeta y empieza a oler a pastas de una tienda pequeñita con sabores grandecitos y más adelante huele a pan recién hecho y un violinista toca mientras el camión de la basura avanza en sol mayor a ritmo como hacía Induráin en los puertos. Entonces pienso en la frase de Miguelón: “hemos estado ahí” y siempre me pregunto donde es ahí pero sé que es que todo va… independientemente de bien o mal, que hay que ir. Y suenan las campanas mientras un poco de niebla va apartándose y aparece una mujer que se recoge la coleta mirándose en el cristal de un escaparate; mientras un niño va detrás de su madre con los brazos cruzados y el ceño fruncido cargando con una mochilita con libros que no hablarán de un día cualquiera; en que los pequeños detalles son como un cine en donde no hace falta que pase nada estrambótico para sentirte vivo. 

1 comentario:

Anónimo dijo...

He sonreído cuando he leído estrambótico.
¡Pequeños detalles! :)