12 abril 2018

Paisaje industrial

Las estrellas parecían joyas baratas ensuciadas por la niebla, un perro famélico buscaba cerca de oficinas restos de restos y a mí me gustaba subir al tejado. ¡Pero qué vistas! Hierros oxidados, tan reales que me embriagaban, luces lejanas de coches moribundos y vuelos de murciélagos en busca de insectos o de un Drácula que les guiase. La noche siempre ha tenido una atracción especial. Las uralitas irregulares de las naves de la fábrica, el cansancio de las máquinas cuando ya nadie queda para incordiarlas, acero, polvo de metal suspendido entre los grandes portalones donde hace horas pasaban carretillas, jefillos, deseos, jefazos, bocatas… pero nada como los tejados a las tres de la mañana sin nadie en todo el recinto, con el insomnio enseñando un paisaje de metal y mi propia compañía con una lata que beber mientras los pensamientos ya no dan la lata. Al día siguiente, a las diez de la mañana tenía ya tanto sueño que salía a las calles a repartirlo hasta un nuevo despertar.  


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