Te propongo algo incómodo:
defiende tu error.
No ese error zafio, hijo
de la soberbia o del ego con prisas. No. Defiende el error fértil, ese atajo
que tomaste porque el camino recto y conocido olía a formol. El que te trajo
hasta aquí con tropezones, a este paisaje de tu vida que no figura en ningún mapa
ni aparece en manuales de autoayuda con portadas sonrientes.
Los nuevos
triunfadores diseccionan su biografía como cirujanos en una urgencia. Todo
queda perfecto en redes sociales, limpio, embellecido… muerto. Tú no. Tú
colecciona los resbalones. Que se note el desgaste, la fragilidad, esa
debilidad que, a la larga, fue fuerza. El caos es un orden todavía sin
bautizar, sin nombre. Sin saberlo todavía, llevas años aprendiendo ese idioma.
Cuando no defiendes
tus tropiezos tratas de encajar y, si lo consigues, desapareces para siempre.
Es mejor aspirar a ser la pieza que no encaja, esa pieza que obliga a cambiar
el dibujo entero.
No te pido que creas
en ti. Eso es una creencia. La autoayuda, ha secuestrado el verbo creer y lo ha
convertido en una pegatina emocional. Pegas una, sonríes y sigues igual. No
basta con creer, hay que hacer. A veces es más torpe, sale mal, hay que
rehacerse y empezar de nuevo en un lugar menos cómodo y más sincero.
Lo que propongo es
algo más difícil. No te rindas a la versión oficial de tu historia. A todo lo
que te programó la sociedad. Suelta todas esas identidades que no te definen y
te agarras a ellas como si te fuera la vida en ello.
El mundo está lleno
de gente que enterró su peculiaridad o rareza para encajar, para el aplauso. Y
ahora tienen el aplauso, pero han olvidado su naturaleza.
Tú no. Tú sigue
siendo ese bicho raro que no sabe volar como los demás, pero ha descubierto
cómo manejar el barro. A avanzar donde otros se hunden.
Y eso, no se aprende
en ningún curso. Eso surge de tus propias ruinas.
