Hay personas que viven cualquier experiencia como una emergencia vital. Un favor sin atender es una auténtica traición. Un error es una sentencia. Un silencio, una prueba. Descansar les produce más culpa que descanso.
No viven, supervisan. Van por la vida como vigilantes de un incendio que todavía no existe. Revisan conversaciones, anticipan desgracias, recogen culpas que otros dejaron caer. La exigencia que promete evitar el desastre, lo único que consigue es impedir el alivio.
Confunden responsabilidad con control, amor con posesión, vivir con vigilancia. Creen que su ansiedad mantiene al mundo en pie. Que, si dejan de preocuparse, alguien sufrirá y habrá que cargar con la culpa.
Hasta que un día, quizá por agotamiento, dejan de vigilar durante unos minutos. Entonces ocurre algo insoportable: el mundo sigue exactamente igual sin pedirles permiso. Los allegados siguen equivocándose, acertando, llegando tarde y olvidándose unos de otros con la misma normalidad de siempre.
Y este descubrimiento, que debería ser un regalo, lo transforman en fracaso. Si el mundo funciona igual de bien y de mal sin su vigilancia. ¿Qué demonios han estado haciendo todos estos años?



