No hablan. Menos mal. Si hablaran, probablemente mentirían como todos. Pero hacen algo un poco incómodo: revelan.
Al principio se manejaban despistadas. Buscaban el roce con timidez, como quién camina por una habitación a oscuras.
Con el tiempo, la exploración dio resultado en otros ámbitos. Unas sostuvieron bisturís ante cuerpos asustados, intentando engañar a la muerte. Otras formaron cadenas humanas, entrelazando dedos para que nadie desfalleciera. Hubo manos que escribieron cartas que jamás salieron del cajón.
Unas tocaron pianos en bares tristes, convirtiendo el dolor en una melodía desgastada. Otras esculpieron piedra, intentando convencer al tiempo de que pare.
El tiempo, por supuesto, ni contestó.
Y luego están esas manos. Las que fallaron en el momento exacto. Las que no sostuvieron. Las que soltaron antes de tiempo o demasiado tarde. Las que no dijeron adiós porque creyeron que habría otra oportunidad.
También estaban en los nacimientos; dedos diminutos buscando un dedo materno. Se dieron manos en acuerdos como algo más sagrado que una firma. Abrazaron cuerpos en busca de refugio, otras veces un masaje reparador.
Empujaron, destruyeron, crearon, rezaron, dieron puñetazos, bailaron.
Hasta que algunas se rompen lo suficiente. No mejoran. No evolucionan. Se cansan.
Se cansan de agarrar lo que se escapa. De sostener identidades prestadas. De señalar fuera lo que no quieren mirar dentro. Y entonces sueltan.
El miedo a no ser correspondidas, el gesto aprendido de otros, el abrazo calculado. Sueltan el dedo acusador, los aspavientos entonando el “mea culpa”, soltaron el arma; incluso el quién soy yo cuando no estoy agarrando algo.
Entonces, en ese vacío, ocurre algo. No aparece una versión mejor de ti.
No hay iluminación con banda sonora. Aparece… silencio.
Y en ese silencio, las manos ya no buscan. No piden. No retienen. Tocan.
Sin dueño. Sin intención. Sin esa ansiedad de convertir todo en algo.
Y sin embargo, todo está siendo tocado.





