Las mejores conversaciones que he tenido empezaron con un malentendido.
Uno dice una cosa, otro escuchó otra, y entre las dos versiones apareció algo
que ninguno había pensado. Como cuando dos músicos tocan en distinto tono y por
error sale una armonía nueva. El problema no es malentenderse. El problema es
corregirse demasiado rápido, querer que el otro diga exactamente lo que tú
querías oír, cerrar el paréntesis antes de ver qué había dentro. Algunas
personas se entienden tan bien que ya no se dicen nada interesante.
