15 junio 2018

Ya está aquí el mundial

El deporte con más seguidores, llamados erróneamente aficionados pues son todo unos profesionales en alineaciones, tácticas y sobre todo árbitros.
Freud diría que el mundial de fútbol es la expresión fálica de un testículo rodando con el fin de entrar en ese útero en forma de portería que protege un  cancerbero con guantes profilácticos mientras el árbitro va con su pito por todo el campo. Luis Buñuel vería, sin embargo, el discreto encanto de la burguesía animando a billetes con patas persiguiendo ese oscuro objeto del deseo.
Se compone de once jugadores que es el símbolo del sodio con que se hace el desodorante que anunciarán después del partido y consiste en meter un gol más que el equipo rival. Para ello hay que recoger la frase del galés Vinnie Jones: “Ganar no es lo importante, siempre y cuando ganes”
El gol es algo así como tres orgasmos en un segundo si es del equipo que apoyas o la desesperación más absoluta que el cuadro El grito de Munch si es en contra.
Personalmente tuve un poco de contacto jugando de chaval (me gusta esta palabra, chaval, me suena a adolescente con desparpajo) pero me gustaba tanto regatear que acabé regateándome a mí mismo con otros sueños que llamaban a la puerta.
Muchos países participan en este evento, desde los antiguos vikingos representados esta vez por Islandia, Dinamarca y Suecia pasando por eslavos, aztecas, latinos, germanos… luchando por la copa que embriague a sus aficionados. Batallas más sanas que las guerras, aunque patrocinadas por un negocio que mueve el dinero suficiente para paliar guerras olvidadas pero muy presentes que hacen jugar sin zapatos a críos que sueñan con meter un gol con agua y comida suficiente para volver a jugar.
Como decía Galeano "El fútbol es la única religión que no tiene ateos"

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