Salió a navegar por las oscuras calles de la ciudad. No pasó nada
extraordinario. Un semáforo con un tic nervioso, gente con prisas, el perro de
la vecina meando en el árbol de siempre. Las farolas, cabizbajas, como si el
futuro les pesara. Todo eso es lo que pasó. Nada digno de un gran titular.
Lo otro, sí. Fue diferente.
Mientras caminaba, vio el semáforo parpadear y decidió que aquello
parecía demasiado parpadeo previo a un derrame cerebral. Se contó que llegaba
tarde a su propia vida, que el mundo avanzaba y él se había quedado atándose
los cordones del alma. Se contó que todos parecían tener un plan secreto del
que había sido excluido por incompetente. Que las farolas andaban cabizbajas
por su falta de decisión. Y esa pareja que tanto sonreía en la cafetería,
seguro que llevaba tiempo sin mentirse. Se contó películas melodramáticas, las
dirigió con esmero, con primeros planos y una voz en off incansable. Y, como
siempre, se las creyó.
Lo que pasa es lo que pasa. Lo que te cuentas, en cambio, es una
superproducción neurótica de éxito: culpa en alta definición, escenas
distópicas, dramas, apocalipsis y una banda sonora épica que justifique esa voz
narradora, exigente, de la cabeza.
Se sentó un momento en un banco, pese a que estaba mojado. Pasaron dos
perros tirando de sus dueños, una mujer gritándole a su móvil, dos estudiantes
con cara de estudiantes y una paloma coja sacando más pecho que él.
Nada le atacó ni lo juzgó. Solo había observación, y el universo no
había confabulado en su contra.
Entonces se dio cuenta: “no me altera lo que pasa, sino el narrador. Ese
cabronazo que parece cobrar por hora y no descansa nunca. Lo que complica la
escena es la narración añadida que confunde sensación con peligro y pensamiento
con realidad”
Se dio cuenta de que la pantalla del cine no es la película ni lo que en
ella se proyecta. Se dio cuenta de que hay un comentarista que viene del pasado
a joder la escena. No intentó calmarse ni buscó sentido; solo dejó de obedecer
al narrador.
Se levantó. La paloma le había cagado en el zapato. El mundo seguía
igual, sin drama ni éxtasis. Él, un poco menos categórico. El narrador volvió a
hablar…
pero esta vez no le dieron ni los subtítulos.

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