09 enero 2026

Lo que pasa y lo que me cuento

Salió a navegar por las oscuras calles de la ciudad. No pasó nada extraordinario. Un semáforo con un tic nervioso, gente con prisas, el perro de la vecina meando en el árbol de siempre. Las farolas, cabizbajas, como si el futuro les pesara. Todo eso es lo que pasó. Nada digno de un gran titular.

Lo otro, sí. Fue diferente.

Mientras caminaba, vio el semáforo parpadear y decidió que aquello parecía demasiado parpadeo previo a un derrame cerebral. Se contó que llegaba tarde a su propia vida, que el mundo avanzaba y él se había quedado atándose los cordones del alma. Se contó que todos parecían tener un plan secreto del que había sido excluido por incompetente. Que las farolas andaban cabizbajas por su falta de decisión. Y esa pareja que tanto sonreía en la cafetería, seguro que llevaba tiempo sin mentirse. Se contó películas melodramáticas, las dirigió con esmero, con primeros planos y una voz en off incansable. Y, como siempre, se las creyó.

Lo que pasa es lo que pasa. Lo que te cuentas, en cambio, es una superproducción neurótica de éxito: culpa en alta definición, escenas distópicas, dramas, apocalipsis y una banda sonora épica que justifique esa voz narradora, exigente, de la cabeza.

Se sentó un momento en un banco, pese a que estaba mojado. Pasaron dos perros tirando de sus dueños, una mujer gritándole a su móvil, dos estudiantes con cara de estudiantes y una paloma coja sacando más pecho que él.

Nada le atacó ni lo juzgó. Solo había observación, y el universo no había confabulado en su contra.

Entonces se dio cuenta: “no me altera lo que pasa, sino el narrador. Ese cabronazo que parece cobrar por hora y no descansa nunca. Lo que complica la escena es la narración añadida que confunde sensación con peligro y pensamiento con realidad”

Se dio cuenta de que la pantalla del cine no es la película ni lo que en ella se proyecta. Se dio cuenta de que hay un comentarista que viene del pasado a joder la escena. No intentó calmarse ni buscó sentido; solo dejó de obedecer al narrador.

Se levantó. La paloma le había cagado en el zapato. El mundo seguía igual, sin drama ni éxtasis. Él, un poco menos categórico. El narrador volvió a hablar…
pero esta vez no le dieron ni los subtítulos.



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