22 julio 2026

El peso del control

 Hay personas que viven cualquier experiencia como una emergencia vital. Un favor sin atender es una auténtica traición. Un error es una sentencia. Un silencio, una prueba. Descansar les produce más culpa que descanso.

No viven, supervisan. Van por la vida como vigilantes de un incendio que todavía no existe. Revisan conversaciones, anticipan desgracias, recogen culpas que otros dejaron caer. La exigencia que promete evitar el desastre, lo único que consigue es impedir el alivio.

Confunden responsabilidad con control, amor con posesión, vivir con vigilancia. Creen que su ansiedad mantiene al mundo en pie. Que, si dejan de preocuparse, alguien sufrirá y habrá que cargar con la culpa.

Hasta que un día, quizá por agotamiento, dejan de vigilar durante unos minutos. Entonces ocurre algo insoportable: el mundo sigue exactamente igual sin pedirles permiso. Los allegados siguen equivocándose, acertando, llegando tarde y olvidándose unos de otros con la misma normalidad de siempre.

Y este descubrimiento, que debería ser un regalo, lo transforman en fracaso. Si el mundo funciona igual de bien y de mal sin su vigilancia. ¿Qué demonios han estado haciendo todos estos años?




El otro funeral

Todos hablaron de lo buena persona que era.
Él estaba sentado entre el público, pero nadie lo vio.
Había muerto tres años antes, el día que decidió no decepcionar a nadie.



08 mayo 2026

Manos

 No hablan. Menos mal. Si hablaran, probablemente mentirían como todos. Pero hacen algo un poco incómodo: revelan.

Al principio se manejaban despistadas. Buscaban el roce con timidez, como quién camina por una habitación a oscuras.

Con el tiempo, la exploración dio resultado en otros ámbitos. Unas sostuvieron bisturís ante cuerpos asustados, intentando engañar a la muerte. Otras formaron cadenas humanas, entrelazando dedos para que nadie desfalleciera. Hubo manos que escribieron cartas que jamás salieron del cajón.

Unas tocaron pianos en bares tristes, convirtiendo el dolor en una melodía desgastada. Otras esculpieron piedra, intentando convencer al tiempo de que pare.
El tiempo, por supuesto, ni contestó.

Y luego están esas manos. Las que fallaron en el momento exacto. Las que no sostuvieron. Las que soltaron antes de tiempo o demasiado tarde. Las que no dijeron adiós porque creyeron que habría otra oportunidad.

También estaban en los nacimientos; dedos diminutos buscando un dedo materno. Se dieron manos en acuerdos como algo más sagrado que una firma. Abrazaron cuerpos en busca de refugio, otras veces un masaje reparador.

Empujaron, destruyeron, crearon, rezaron, dieron puñetazos, bailaron.

Hasta que algunas se rompen lo suficiente. No mejoran. No evolucionan. Se cansan.

Se cansan de agarrar lo que se escapa. De sostener identidades prestadas. De señalar fuera lo que no quieren mirar dentro. Y entonces sueltan.

El miedo a no ser correspondidas, el gesto aprendido de otros, el abrazo calculado. Sueltan el dedo acusador, los aspavientos entonando el “mea culpa”, soltaron el arma; incluso el quién soy yo cuando no estoy agarrando algo.

Entonces, en ese vacío, ocurre algo. No aparece una versión mejor de ti.
No hay iluminación con banda sonora. Aparece… silencio.

Y en ese silencio, las manos ya no buscan. No piden. No retienen. Tocan.

Sin dueño. Sin intención. Sin esa ansiedad de convertir todo en algo.

Y sin embargo, todo está siendo tocado.




11 marzo 2026

El coleccionista de principios

 Arturo coleccionaba principios. No finales —esos los colecciona cualquiera—, sino el momento exacto en que algo comienza.

Acumulaba principios de todas las clases. La primera vez que vio el mar con ocho años, la tenía enmarcada en la memoria como una fotografía aún sin revelar. La primera palabra que su hija dijo —“agua”, en lugar de “mamá” o “papá”— la guardaba en una cajita de música que ya no sonaba.

Pero su colección más preciada eran los principios de las relaciones. Ese instante en que dos personas se miran y saben que algo va a pasar. Eso no se podía guardar en frascos. Lo guardaba en un lugar del corazón sin nombre.

Por ello, cuando su mujer murió después de cuarenta y cinco años juntos, Arturo no lloró el final, sino que buscó el principio. Una tarde de nieve en un portal, ella con el pelo ondulado aún mojado, él ofreciéndole un pañuelo de papel que nunca llevaba encima. Ese instante seguía ahí, intacto, más vivo que cualquier recuerdo posterior.

Los vecinos comentaban que Arturo era un raro. Que hablaba solo. Que a veces se paraba en mitad de la calle y cerraba los ojos. Nadie sabía que estaba coleccionando. El momento en el que un semáforo cambia a verde y todos los coches arrancan a la vez, como una orquesta desafinada. El segundo de tensión antes de que un futbolista tire un penalti. Cuando abren las cortinas del teatro.

Hace unos días, su hija lo encontró en el suelo, rodeado de cajitas vacías.

—Papá, ¿qué haces?

—No encuentro un principio —contestó con voz temblorosa.

—¿Qué principio? —preguntó preocupada.

—El de mañana.

Ella se sentó a su lado en silencio. Después fueron a la cocina a preparar la cena. Ella batía los huevos, mientras su padre preparaba la sartén y las patatas.

En eso estaba, cuando Arturo sonrió.

—¡Ya lo tengo!

—¿El qué?

—El principio de mañana. Es este.

Y señaló la patata a medio pelar, los últimos rayos de sol entrando por la ventana y la mano de su hija junto a la suya en la tabla de cortar.

No hizo falta decir nada más.




17 febrero 2026

Elogio del error

Te propongo algo incómodo: defiende tu error.

No ese error zafio, hijo de la soberbia o del ego con prisas. No. Defiende el error fértil, ese atajo que tomaste porque el camino recto y conocido olía a formol. El que te trajo hasta aquí con tropezones, a este paisaje de tu vida que no figura en ningún mapa ni aparece en manuales de autoayuda con portadas sonrientes.

Los nuevos triunfadores diseccionan su biografía como cirujanos en una urgencia. Todo queda perfecto en redes sociales, limpio, embellecido… muerto. Tú no. Tú colecciona los resbalones. Que se note el desgaste, la fragilidad, esa debilidad que, a la larga, fue fuerza. El caos es un orden todavía sin bautizar, sin nombre. Sin saberlo todavía, llevas años aprendiendo ese idioma.

Cuando no defiendes tus tropiezos tratas de encajar y, si lo consigues, desapareces para siempre. Es mejor aspirar a ser la pieza que no encaja, esa pieza que obliga a cambiar el dibujo entero.

No te pido que creas en ti. Eso es una creencia. La autoayuda, ha secuestrado el verbo creer y lo ha convertido en una pegatina emocional. Pegas una, sonríes y sigues igual. No basta con creer, hay que hacer. A veces es más torpe, sale mal, hay que rehacerse y empezar de nuevo en un lugar menos cómodo y más sincero.

Lo que propongo es algo más difícil. No te rindas a la versión oficial de tu historia. A todo lo que te programó la sociedad. Suelta todas esas identidades que no te definen y te agarras a ellas como si te fuera la vida en ello.

El mundo está lleno de gente que enterró su peculiaridad o rareza para encajar, para el aplauso. Y ahora tienen el aplauso, pero han olvidado su naturaleza.

Tú no. Tú sigue siendo ese bicho raro que no sabe volar como los demás, pero ha descubierto cómo manejar el barro. A avanzar donde otros se hunden.

Y eso, no se aprende en ningún curso. Eso surge de tus propias ruinas.



09 enero 2026

Lo que pasa y lo que me cuento

Salió a navegar por las oscuras calles de la ciudad. No pasó nada extraordinario. Un semáforo con un tic nervioso, gente con prisas, el perro de la vecina meando en el árbol de siempre. Las farolas, cabizbajas, como si el futuro les pesara. Todo eso es lo que pasó. Nada digno de un gran titular.

Lo otro, sí. Fue diferente.

Mientras caminaba, vio el semáforo parpadear y decidió que aquello parecía demasiado parpadeo previo a un derrame cerebral. Se contó que llegaba tarde a su propia vida, que el mundo avanzaba y él se había quedado atándose los cordones del alma. Se contó que todos parecían tener un plan secreto del que había sido excluido por incompetente. Que las farolas andaban cabizbajas por su falta de decisión. Y esa pareja que tanto sonreía en la cafetería, seguro que llevaba tiempo sin mentirse. Se contó películas melodramáticas, las dirigió con esmero, con primeros planos y una voz en off incansable. Y, como siempre, se las creyó.

Lo que pasa es lo que pasa. Lo que te cuentas, en cambio, es una superproducción neurótica de éxito: culpa en alta definición, escenas distópicas, dramas, apocalipsis y una banda sonora épica que justifique esa voz narradora, exigente, de la cabeza.

Se sentó un momento en un banco, pese a que estaba mojado. Pasaron dos perros tirando de sus dueños, una mujer gritándole a su móvil, dos estudiantes con cara de estudiantes y una paloma coja sacando más pecho que él.

Nada le atacó ni lo juzgó. Solo había observación, y el universo no había confabulado en su contra.

Entonces se dio cuenta: “no me altera lo que pasa, sino el narrador. Ese cabronazo que parece cobrar por hora y no descansa nunca. Lo que complica la escena es la narración añadida que confunde sensación con peligro y pensamiento con realidad”

Se dio cuenta de que la pantalla del cine no es la película ni lo que en ella se proyecta. Se dio cuenta de que hay un comentarista que viene del pasado a joder la escena. No intentó calmarse ni buscó sentido; solo dejó de obedecer al narrador.

Se levantó. La paloma le había cagado en el zapato. El mundo seguía igual, sin drama ni éxtasis. Él, un poco menos categórico. El narrador volvió a hablar…
pero esta vez no le dieron ni los subtítulos.



17 diciembre 2025

El invierno que somos

 El sol se apaga en el invierno de Vivaldi.

La tecla, cansada de obedecer, se rebela y decide no dar más la nota. El piano cojea, el sol no funciona, pero la armonía, —terca, cabezona— continua; herida, pero viva.

Él mira por la ventana y el mundo se ha vuelto gris. Una neblina trae danzas que no se atrevió a bailar, historias que dejó de escribir, retos que llaman a la puerta. Toca el piano sin la tecla del sol porque insistir es la única forma de fe que nos queda.

Uno no es lo que narra. Tampoco lo que dice ni mucho menos lo que recuerda.  Uno es, con suerte, lo que hace cuando nadie aplaude. No somos la nota atascada ni el ordenado pentagrama. Somos la melodía que intenta brotar incluso cuando algo falla. La canción sin cantor.

Un gorrión se posa en la repisa, se sacude las alas y le mira. Él sigue tocando y aparece otro gorrión. Dos cuerpos alados sosteniendo el invierno. Ahí está la armonía: el piano que cojea, la pareja en la repisa, el insistente pianista y la canción.

No somos lo que creemos ser. Somos aquello que ve pasar las creencias sin atraparlas. No somos el frío ni la niebla, sino el invierno cambiando de estación. La grieta por donde se cuela lo nuevo. Por donde el piano, al fin, encuentra el sol.



La tela de john

John McByrne trabajaba vendiendo postales en Inverness. Sus amigos le decían que ese negocio era una causa perdida, que abriera un pub o se hiciera pescador como su abuelo, que al menos sacaba peces en lugar de palabras.

El clima escocés es presto a la melancolía y reuniones bajo las nubes que siempre acechan. John había ideado tarjetas con mensajes, pero no de autoayuda, sino explosiones de realidad, tarjetas que pocos enviarían sin pensárselo dos veces. Entre las más cotizadas estaban “Déjame estar triste”, “Necesitamos amarnos sin necesitarnos”, “Me aburre la felicidad” Verdaderos antídotos contra el optimismo irreal, grietas donde pasaba la luz de lo humano.

Al principio no vendía muchas tarjetas, pero iba haciendo tantas amistades que había tejido una red social sin tecnología, pero con escucha. Todos iban a tomar un té a la tienda de John y, sin darse cuenta, empezaban a dialogar. Sobre todo, de aquellas cosas que no contaban a nadie.  Algunos salían llorando, pero más ligeros; otros dejaban la tienda con una mirada enérgica y viva.

La tela de araña es una trampa, pero también un camino que recorrer, un misterio interconectado. Cada “presa” que caía en la tela de John salía con su tarjeta personalizada y un hilo, como el de Ariadna, para no perderse en el laberinto de la mirada ajena. Les pedía algo muy sencillo: “Invita a un té con escucha con quien ya no espera ser escuchado”

Una mañana encontraron a John en el eterno sueño con una tarjeta en su regazo que decía: “Estoy en otro ahora”

Y nadie se atrevió a llamarlo muerte.




13 septiembre 2025

La ciudad que aplaudía

En aquella extraña ciudad la rutina de aplaudir era sagrada. Habían decidido ser positivos y valorar las buenas acciones. Cada logro se vivía como una proeza, por pequeño que fuera. Si alguien cedía el asiento en el autobús el aplauso era atronador, la entrega de paquetería se recibía con ovaciones, si nadie gritaba esperando en el tren estallaba la euforia colectiva.

Cuando empezaron esta costumbre el entusiasmo se instaló entre sus habitantes, pero con el tiempo, la ciudad se convirtió en un teatro insoportable. Cada gesto era bien calculado por si se saltaban la regla: ser buenos, felices, positivos… y recibir el aplauso. La bondad se convirtió en un espectáculo y la cortesía en un negocio. Hasta para suspirar agitadamente o quejarse, parecía que había que pedir autorización municipal.

Un día, un ciudadano salió en pijama a la plaza principal y gritó: “¡Estoy hasta los huevos de aplaudir!”

Nadie se le unió. Nadie le contestó. Las persianas de las casas colindantes bajaron con rapidez militar. Simplemente se escuchó el potente eco de su libertad vagando entre los edificios, recordando que la vida no pide aplausos; pide coraje.




12 agosto 2025

Aceptando lo inevitable

La mayor parte de las personas viven como si se pudiera negociar con la muerte. Como si acumular riquezas o mostrarle un currículum de éxitos sirviera para convencerla de que hoy no es buen día para la guadaña. Pero la muerte no negocia: se lleva los apegos (materiales, ideológicos, fraternales…) y, sobre todo, ese yo domesticado desde la infancia para no molestar demasiado al rebaño.

Muchos creen que la vejez es un fallo de sistema, la enfermedad algo que no debería ocurrir y la incertidumbre un error de fábrica. Esta creencia les lleva a controlar, justificar, anticipar… como si el destino aceptara sobornos.

Hasta que un día uno se percata de la broma: todo es transitorio. No hay manual de usuario, devolución ni departamento de quejas. Entonces, si aceptamos esto, en lugar de aterrado, uno se siente más capaz, conectado. Ya no hace falta que la vida se ajuste a tu guion. Has muerto en vida a todo lo que no perdura, ya no necesitas identificarte ni demostrar nada a nadie. No hay nada que perder.

Hay una extraña manipulación pensando que la autoconfianza se consigue acumulando títulos, esculpiendo un cuerpo de gimnasio o con frases motivacionales de Instagram. Aparece cuando miras de frente a la muerte, cuando los ojos del tigre no intimidan porque son los tuyos. Nace cuando aceptas que la vejez es un privilegio, la enfermedad no supone ningún castigo divino y la incertidumbre es lo más cierto, equilibrado y real de todo este circo.

Todo lo demás es postureo espiritual.




23 junio 2025

Danzando con fuego

 Aunque te quemes sigue, porque la hoguera no es el enemigo. Es el fuego interno que no liberas, ese que no se suelta con discursos baratos motivacionales ni en retiros donde el ego se disfraza de especial.

La libertad es un puñetazo que te suelta la vida cuando más te pierdes en buscarla. No se alcanza, te alcanza. Deja que el fuego incendie los miedos, que te atraviesen, ten dudas, quema las malditas ganas de controlarlo todo.

Baila al ritmo del crepitar y no te quemarás, incluso si atraviesas descalzo la hoguera. Observa como el lobo, no como el perro. La libertad no se puede domesticar. Saca aquello que debe ser aullado, lo que tanto tiempo llevas buscando pese a saber siempre dónde ha estado.

El apego es la cárcel que construyes con ladrillos de pasado y expectativas. Suelta todo, pon tu mano en el fuego suavemente, desafía la vida. Desnúdate de todo lo que te protege del fuego interno. El rol, la culpa e incluso el miedo a parecer un idiota mientras danzas. Si no mueres no vives. Muere al pasado, al apego, a la complacencia, al protagonismo, al personaje, a la imagen y a la mentira que te cuentas para no danzar. Quema el guion e improvisa ¿Qué ganas sin danzar?

Quién baila en el fuego ya no teme arder.



El que no aplaudió

 Todos aplaudían en la representación final del curso. Los padres grababan entusiasmados, como si capturar el momento fuera más importante que vivirlo. En el escenario, adolescentes disfrazados de entusiasmo: algunos bailaban sin ganas, otros sonreían por reflejo.

Menos uno.

Ni bailaba, ni aplaudía, ni saltaba, ni sonreía. Solo observaba con gesto aburrido, como si ya hubiera visto todo anteriormente.

Se acercó la tutora (con la dulzura programada para estos casos) y le preguntó si se encontraba bien.

-Sí –asintió con total seguridad extrañado por la pregunta. –Solo que no entiendo por qué hay que fingir que esto nos gusta.

La maestra frunció el ceño horrorizada y se fue a dialogar con el director y buscar a los padres. Al día siguiente lo enviaron a orientación especial. El informe señalaba “Falta de integración. Comportamiento crítico y tendencia asocial”

Nadie sospechó de la verdad incómoda: el chico estaba bastante equilibrado.

Y otros, simplemente estaban muy bien entrenados.




Sin arreglo

 Sus manos temblorosas todavía sabían ir al punto exacto de la reparación, aún conservaban esa magia. Arreglaba relojes enfadados que se empeñaban en detener el tiempo, cajas de música afónicas, cremalleras con fobia a cerrar e incluso maniquíes con la mirada vacía.

Un día, cuando un reloj en huelga decidió pararse a las once y once, entró una mujer en su taller. No traía ni bolso ni objetos, solo los hombros vencidos, mirada triste y una voz temblorosa.

-¿Puedes arreglarme?

Arturo la observó detenidamente, pensativo. Cogió sus manos como quien calibra un engranaje averiado. Examinó en su mirada alguna pieza suelta, su vitalismo.

-Creo que puedo intentarlo –comentó tras un largo silencio-, pero muchas veces un roto no necesita arreglo. Solo que alguien lo entienda.

Y, por primera vez, dejó sus herramientas a un lado y nada fue arreglado, pero algo, sin duda, comenzó a funcionar.




El hombre que se anulaba

Roberto empezó a desaparecer un viernes a la mañana.

Al principio fue su reflejo borroso en el espejo. Después, su nombre en el buzón de correos. En la panadería, cuando decían “siguiente” le adelantaban todos. Al día siguiente, en su oficina había otra persona ocupando su cargo, como si jamás hubiera existido.

Volvió a casa y su mujer, sorprendida preguntó “¿Quién eres”? cerrándole la puerta.

Fue corriendo a la cristalera de la librería de al lado, pero no captaba su reflejo, solo el vacío.

Entonces, comprendió. Había pasado demasiado tiempo tratando de no molestar, de ser humilde y no incomodar.

Y la vida, obediente, lo había olvidado.






El planeta de los normales

 Todavía no se sabe cuándo empezó todo, pero un día, la gente empezó a desaparecer. Simplemente, se esfumaban. Un abrigo huérfano en la acera, un café humeante sin dueño, un cigarro a medio consumir, aviones sin pilotos o conductores que desaparecieron en pleno semáforo en rojo. Suena espeluznante, pero así sucedió en ese lejano planeta.

Al principio, nadie se alarmó demasiado. Eran los raros los primeros en irse. Los que hablaban solos por las calles, los que bailaban sin música, los que leían sin móvil o los que reían muy alto.

El orden, ese dulce veneno, se fue imponiendo. Todo parecía correcto, en su sitio, normal, esa era la palabra deseada: “normal” Nadie fuera de lugar ni haciendo preguntas incómodas, no más locos mirando el cielo sin motivo aparente.

Después desaparecieron los que pensaban demasiado. Los que dudaban, los que se cuestionaban a sí mismos y al mundo. Y el planeta, por fin, se llenó de gente equilibrada, pulcra, funcional, predecible. Un edén de estabilidad. Sin sobresaltos. Sin disonancias. Sin sueños. Sin nadie.




Domingos en el río

No sabía nadar y, sinceramente, no me importaba. Mientras mi padre y mi tío esperaban en las orillas del río Ega, aferrados a la esperanza de atrapar un barbo, una madrilla o incluso un sueño extraviado, yo me sumergía con el agua hasta el cuello, sujetando mi red como si fuera la última estaca de un náufrago. Después, el pescado se asaba al fuego, y por la tarde, como si fuéramos exploradores de un mundo que solo existía los domingos, escalábamos montes, construíamos barcos de juncos y nos lanzábamos a la aventura en una barca famélica pero llena de promesas. Esos domingos de mi infancia me enseñaron, de forma auténtica, que quien no se atreve a mojarse, no solo se queda sin peces, sino también sin historia. Y uno, no ha nacido para quedarse en la orilla.



La masa

Ya casi estaba en el borde del cubo. Trepó con esfuerzo, hundiendo las uñas en el filo resbaladizo. La luz de fuera se filtraba, prometiendo algo más que la compañía de esos idiotas. Un último empujón y estaría fuera de esa cloaca.

—¿A dónde crees que vas? —gruñó uno desde abajo, tirando de su pata.

—A la cima —dijo, sin aliento—. Lejos de aquí.

—¿Para qué? Aquí estamos todos juntos, la familia, la comunidad…

-Ahí afuera debe haber más cosas –respondió con vehemencia.

Todos lo miraron con esa mezcla de recelo y envidia que solo los mediocres saben expresar. Uno de ellos, el más ruidoso, soltó la frase definitiva:

—Si sale de aquí, nos hará quedar como unos imbéciles.

Y eso era inaceptable. Así que lo agarraron entre varios y lo arrastraron de vuelta al fondo.

Esa madrugada, mientras el cubo se inclinaba y una gran mano descendía, el cangrejo pensó:

«Querían que me quedara… y ahora nos van a hervir a todos.»




10 febrero 2025

El puente de la felicidad

Una muchedumbre interminable arrastraba sus desdichas en grandes maletas. Por fin alguien había descubierto el gran secreto: la felicidad se encontraba al otro lado del puente. De hierro, sin adornos ni sutilezas, parecía construido con prisa y rabia. La leyenda corrió por toda la ciudad, se decía que una mujer desesperada lo había levantado sola, a golpe de martillo.

Llegó una anciana encorvada bajo un baúl lleno de mucho peso, el de siempre: “sé buena madre, hija, esposa…”, “mereces ser feliz…” y estupideces parecidas. Cada paso era un resoplido y, cada resoplido un reproche a la sociedad. Lo miró resignada, suspiró y lo dejó caer cuando atravesó el puente.

Al otro lado encontró una enorme puerta negra. La empujó esperanzada con sus temblorosas manos esperando algo grande: el paraíso, la iluminación, al menos un spa. Pero no había nada, solo un campo desierto y un cartel mugriento que decía: «Aprende a vivir con esto»

Cuando leyó el cartel sintió que algo se rompía por dentro, pero de una manera diferente, como si una cuerda demasiado tensa se soltara. Emitió su primera carcajada en lustros. Era lo más sincero que había visto en toda su vida.

Detrás, la fila seguía avanzando, algunos aferrándose a maletas cada vez más pesadas, otros fundaban la religión del puente. Los que pasaban, o bien se quedaban o volvían cabizbajos. La anciana, ahora ligera como una pluma, decidió dar un último paseo por el puente. Al preguntarle qué había al otro lado, ella se encogió de hombros y dijo:

-Lo mismo que aquí, pero sin baúl que cargar.

El puente seguía ahí, imperturbable, esperando la siguiente alma que se atreviera a enfrentase con su propia carga.







09 febrero 2025

Estrés y ansiedad: ocho pasos para dejar de pelear contigo mismo

  1. Reconócela: La ansiedad no es un fantasma; es un altavoz interno que grita “¡Peligro!” aunque estés bañándote en un spa. Aprende a reconocerla antes de que se disfrace de agotamiento o insomnio.
  2. Expectativas: No vivas la vida que esperan de ti. Ser amable está bien, pero no hace falta optar al nobel o ser una ONG emocional. Aprende a decir sí cuando es sí y no cuando es no. ¿Qué esperas tú de ti?
  3. No trates de controlar: Tu mente es una vía de cinco carriles sin semáforos. Si la tratas de controlar serás el controlado. Observa el caos estando presente en la sensación. Observa.
  4. Rescata tu cuerpo: Aprende a liberar la tensión. Una respiración bien hecha puede hacer más milagros que un día entero de quejas. Mueve tu cuerpo de la manera que más te gusta, pero muévelo, usa tu atención. Lo que enfocas crece.
  5. Cambia el diálogo: Si te hablas como un censor de cine mal pagado, es hora de cambiar el guion. Sólo estás escribiendo tu historia. El que te juzga eres tú. Expresa lo que deseas y lo que no deseas. Sé claro. Pon límites.
  6. Frena. No necesitas hacer cinco cosas a la vez. Prioriza y descansa. El mundo no se acaba si dedicas algún día a hacer absolutamente nada.
  7. Acepta los pensamientos: No se trata de pelear con ellos, sino de darse cuenta de que solo son pensamientos. La realidad es lo que haces. No des tanta credibilidad a la radio interna. Cambia de emisora, “onda realidad”
  8. Busca ayuda: A veces, hablar con alguien que no sea tu espejo o tu amigo, también es útil.

Las tormentas más fuertes se vuelven inocuas cuando aprendemos a navegar en ellas